Selección de Taller 1990-2025.
- Miguel Angel Ortiz Bonilla

- 12 may
- 12 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días


Para mayor información de la disponibilidad de la obra en la exposición y otras, puedes acceder a través del QR a la Galería T&B para una asesoria completa.


Ro para el sol. 1987
Óleo y material vegetal sobre tela.
70x50cm
Colección Particular
Paisaje
Francisco Robles Gil Martínez del Río
Yo soy de la idea de que cuando estamos reflexionando en torno a una palabra, primero hay que consultar su definición; para el caso de paisaje dí con las siguientes acepciones: 1.- Parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar; 2.- Espacio natural admirable por su aspecto artístico y 3.- Pintura o dibujo que representa un paisaje; estas tres definiciones contiene un común denominador, el sujeto que observa y puede llegar a representar aquello que examina atentamente, la definición sigue sin quedarme muy clara, lo cual, me lleva a preguntarme por la etimología del concepto, es decir, por su historia: ¿Cuál es su “origen”? ¿Qué significados ha contenido a lo largo del tiempo?
Estas preguntas me llevan a revisar el diccionario etimológico de Joan Corominas que consulto en su soporte digital (PDF) en una computadora, la cual, tiene instalada el lector Adobe Acrobat y que, por alguna razón, que mi analfabetismo digital no me permite comprender, cuando oprimo las teclas ctrl f para buscar la palabra paisaje, emerge ante mí la siguiente leyenda “Adobe Acrobat finalizó la búsqueda del documento. No se encontró ninguna coincidencia.” Decido revisar aquel pergamino digital hasta llegar a las entradas que inician con la letra p, de pronto, me topo con un pequeño párrafo: “País, paisaje, paisajista, paisanaje, paisano, V. pago.
En esa misma página, a la misma altura de País, leo en negritas PAGO, palabra que en el imaginario de nuestros tiempos nos remite a una lógica económica que consiste en el intercambio de dinero por labor realizada, es decir, al trabajo, pero la entrada me aguardaba una sorpresa: -distrito agrícola-, es lo que leo después de la coma; sigo leyendo, y me doy cuenta de que aquella palabra hace eco del latín pagus -pueblo, aldea-; ambas remiten a las acepciones “originales” de paisaje, entonces, además del sujeto que observa ahora tengo una demarcación geográfica; Corominas me lleva al siglo XIII (1220- 1250) en el que una de las derivaciones de PAGO es paganus -campesino-; algo que me llamó la atención es que después de -campesino-, el autor escribe “[…] y en el lenguaje eclesiástico -gentil, no cristiano-“, lo cual, me lleva a pensar en un sujeto que habita más allá de las murallas que resguarda la polis cristiana, es decir, el pagano; sería hasta el siglo XVIII (1700) que la lengua francesa empezaría a enunciar paysage; paisajista, paisano ¡estoy pues, frente a la acepción que me llevó a hacer este recorrido etimológico!
El paisaje como una interpretación que de su entorno tanto cultural como natural hace el sujeto, en este caso, el paisajista; aquella nunca es una mirada impoluta, es decir, neutral, siempre busca provocar algo en quien observa su creación, y cuando escribo paisajista no me refiero únicamente a aquél que tiene el oficio de la plástica; el paisajista también puede ser una entidad metafísica como el Estado-nación, una comunidad imaginaria en la que a través de ciertos rituales se homogeniza tal o cual geografía, pienso en los paisajes monumentales que he observado en Palacio de Bellas Artes, Palacio Nacional, o el Edificio de la SEP, recintos a los que asistimos para ser testigos de aquellos trazos míticos en los cuales se plasma “el origen” de la nación, en este caso, el paisaje-mural nos evangeliza en el credo nacional: “Bandera de México, legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos, te prometemos ser siempre fieles a los principios de libertad y de justicia que hacen de nuestra Patria la nación independiente, humana, generosa a la que entregamos nuestra existencia.”
Entonces, además de una interpretación, el paisaje es también una narración que hace inteligible nuestro entorno cultural y natural, a la cual, le subyace una dimensión afectiva y psíquica que moldea nuestras formas de habitar el mundo, y entonces, cuando hay narración, hay temporalidad y cuando hay temporalidad, estamos frente a nuestra historia, la cual, desde el paisaje-mural del Estado-nación se narra a partir de una teleología, en donde el tiempo es lineal y hay un destino manifiesto; en contraste a estos trazos míticos y monocromáticos, la reflexión en torno al paisaje puede tornarse histórica y policromática, es decir, adquirir una complejidad que a su vez nos otorga mayor claridad a la hora de contemplar nuestro entorno para así devenir paganos y poner en tensión el carácter homogéneo del credo nacional; es este gesto crítico el que aparece en la obra de Miguel Ángel Ortiz Bonilla.

De los paisajes pequeños (Piedra, árbol, mascara) 2025
Óleo sobre tela.
40x59cm.

En el valle. 2025
Óleo sobre tela.
190x150cm

De la Arquitectura, Pirámide y forma. 2025
Óleo y collage sobre tela.
40x59cm

Interno. 2025
Óleo y carbón sobre tela.
40x59cm

Par. 2025
Óleo y carbón sobre tela.
40x59cm

Organico Inorganico. 2025
Óleo y carbón sobre tela.
40x59cm

Alineación. 2025
Óleo y carbón sobre tela.
40x59cm

De la serie Los que escuchan. Construcción en el desierto. 2018-25
Óleo sobre tela.
80x120cm

Pirámide y brotes. 2024-2025
Óleo sobre tela
121x112cm

Paisaje y territorio. 2025
Óleo sobre tela.
110x170cm

De las heridas. 2025
Óleo sobre tela.
110x170cm

La Permancia y el Tiempo 18. 2020-2025
Acrilico y carbón sobre tela.
73x91cm
Del litoral a la montaña
Ciclos de vida
(Para la exposición realizada en la Galería José Garcia Arroyo de Mexicali, Baja California)
La exposición reúne treinta obras creadas mediante pintura, grabado y dibujo entre 2001 y 2022. El título de esta colección articula desplazamientos y ciclos conformados por vivencias entre Tijuana y Zacatecas, mismos que, el artista traduce en territorios que surgen de la potencia cromática. En imagen, comparten tres temporalidades: ciclos vegetales, variaciones lumínicas y tránsitos migratorios.
La dimensión vegetal –en ocasiones junto a un oasis–, se manifiesta en palmas y ramaspropias del entorno desértico, fijadas o sobrepuestas en la tierra, evidencia su brote o laconclusión de su ciclo vital. De manera complementaria, la variación lumínica opera porcontraste: claroscuros, extensiones de color y alto contraste modulan día y noche. Ahorabien, la migración se percibe en el cambio de paisajes, la movilidad corresponde a quienobserva.
La colección se agrupa por medio de series, aunque diversas en el uso de materiales ysoportes, comparten la representación del paisaje. En las pinturas –con óleo, acuarela yaerosol– el artista presenta un territorio donde lo visible y lo imaginado se entrelazan hastaintegrar un ciclo de vida en continuo movimiento. Con el grabado, al imprimir textura, hace visible el viento y captura su sonido presentado en sus paisajes. Este momento también se percibe en sus dibujos, donde fija un instante que es perceptible por el ritmo y saturación de color logrado de manera orgánica. Así, en esta obra, Ortiz Bonilla, inscribe su presencia.
Victor Máximo
Ciudad de México, noviembre 2024
Víctor Máximo de la Cruz es titular de una Maestría en Estudios de Arte por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y de una Maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad Lumière Lyon 2. Es artista plástico e investigador independiente, cuyo trabajo explora los cruces entre la práctica artística y la reflexión teórica.

La permanencia y el tiempo. Elementos. Igneo. 2023
Óleo sobre tela
160X124cm

La permanencia y el tiempo. Elementos. Del agua. 2023
Óleo y carbón sobre tela.
160x119cm

La permanencia y el tiempo. Elementos. luminoso. 2023
Óleo sobre tela
50x70cm
Emerjo del sueño
Emerjo del sueño
como quien sale de una piscina
aún con los retazos de la noche
en el cuerpo.
Escucho la radio me sirvo una taza de café
mientras tomo el desayuno
contemplo un dibujo de Miguel Ángel Ortiz Bonilla
me abismo en el blanco y negro de sus trazos
su riqueza de grises me da una lectura del mundo
la obra es testimonial de su época
me reafirma que el artista es un cronista de su tiempo
Miguel Ángel es el tlacuilo que registra cosmogonía e historia
recorro con la mirada los recovecos de la obra
ese espejo de grafito en el me encuentro,
doy otro sorbo al café los restos del sueño se diluyen
sueño y dibujo se amalgaman en su urdimbre hay un mensaje
ahora lo sé Miguel Ángel es un oráculo
en su dibujo hay una cartografía vital
haga una pausa, otro trago
comprendo el vaticino
respiro lentamente, regreso y vuelvo a contemplar el cuadro
los renuevos del día se asientan
todo está dicho, todo es dicha
a perpetuidad la obra esplende desde el nicho de contemplación.
Gerardo del Río Acevedo.
Mayo 2026, El Dorado, Gpe., Zac.

La permanecia y el tiempo, 53 2022
Óleo, carbón y pastel sobre tela
180x150cm

La permanencia y el tiempo 21. 2020-2022
Acrílico, carbón y óleo sobre tela.
73x91cm

La permanencia y el tiempo, 54. 2022
Óleo y carbón sobre tela
140x170cm

La permanencia y el tiempo, 51. 2022
Óleo y carbón sobre tela
150x180cm

La permanencia y el tiempo 44. 2020
Acrílico y carbon sobre tela
50x60cm

De los Tres. Sombras. 2022
Óleo y carbón sobre tela.
80x80cm

La permanencia y el tiempo, 50. 2021
Óleo sobre tela
110x170cm

La permanencia y el tiempo 16. 2020
Acílico sobre tela.
73x91cm

La permanencia y el tiempo 17. 2020
Acílico sobre tela.
73x91cm

La permanencia y el tiempo, 32. 2020
Acílico sobre tela.
111X120cm

La permanencia y el tiempo 33. 2020
Acílico sobre tela.
111X120cm

La permanencia y el tiempo 13. 2020
Acílico sobre tela.
122x112 cm

La permanencia y el tiempo, 11. 2019
Acrílico sobre tela.
91x73cm

De la serie Los Los que escuchan. Cifra 2007-2015. 2017
Acrílico sobre tela.
110x170cm.

Del Ansia II. 2013
Óleo sobre tela sobre madera.
60x60cm

Del Ansia I. 2013
Óleo sobre tela sobre madera.
60x60cm

Del Ansia III. 2013
Óleo sobre tela sobre madera.
60x60cm

Paisaje con caballos. 2011
Óleo sobre aglomerado.
122x122cm

Río Calaveras. 2013-2024
Óleo sobre tela sobre aglomerado.
60x60cm

Pirámide trunca. 2010
Óleo sobre aglomerado.
77x73cm.

Punto Medio. 2006
Óleo sobre tela.
160x120cm

Ascendente. 2006
Óleo sobre tela
140x120cm.

Montaña Cuatro. 2006
Óleo sobre tela.
182x152cm

Sinapsis. 2006
Óleo sobre tela.
120x130cm.

Posiciones. 2005
Óleo sobre tela.
125x185cm

Judith, conejo al agua. 2003
Temple y óleo-tela.
156x110cm.

Litoral. 2002
Óleo, arena y acrílico sobre tela.
150x102cm

La permanencia y el tiempo. 2001
Acrílico y óleo sobre tela.
112x122 cm

La contadora. 1998
Acrílico sobre tela.
122x95cm

Anzuelo. 1997
Óleo sobre cartón.
104x78cm
Colección Particular
El pato y el conejo
Ludwing Wittgenstein (1889- 1951), en su obra póstuma Investigaciones Filosóficas[1], nos muestra una imagen, —según señala— “he sacado de Jastrow”, En ella puede verse, dependiendo de la perspectiva, la cabeza de un conejo o la de un pato. A simple vista parece un trazado sencillo; sin embargo, la interpretación cambia según quien la observe. Una misma figura puede representar dos seres distintos: un vertebrado ovíparo o un mamífero. Más allá de los estudios y análisis realizados sobre esta imagen, permanece la idea esencial: una sola representación capaz de contener dos significados.
En distintas sociedades, los sobrenombres o apodos suelen tener más fuerza que los nombres registrados oficialmente. A veces incluso pesan más que aquellos escritos en actas, credenciales o documentos. También existen padres osados que, sin medir del todo las implicaciones sociales, nombran a sus hijos inspirados en personajes de manga, anime, cine o cultura popular. Dentro de ese universo de sobrenombres, “el pato” y “el conejo” —figuras aquí referenciadas— podrían parecer de los más comunes. En el caso de “conejo”, el apodo puede surgir por la afición a cierto equipo deportivo, por unos dientes prominentes, por unas mejillas redondeadas que recuerdan al animal o, en ocasiones, por razones mucho más extrañas: herencias familiares o anécdotas imposibles de rastrear. “Pato”, por su parte, suele derivarse del nombre Patricio, aunque también puede relacionarse con unos labios semejantes a un pico o con una voz hueca y sonora que recuerda el graznido del ave.
A lo largo de la vida uno va cosechando amistades y, entre ellas, conoce “conejos” y “patos”: algunos dejan recuerdos entrañables y otros es mejor olvidarlos, como quienes probaron el fruto de los lotófagos. En ese cruce de vidas se coincide con muchas personas, pero conservarlas cerca es otra historia, porque cultivar una amistad puede dar frutos inesperados.
Encontrar afinidad con otras personas en ciertos ámbitos de la vida no siempre es sencillo. A veces los gustos se heredan; otras, se adquieren por trabajo, por formación o incluso por contradicción. Sin embargo, existen personas cuya sensibilidad permanece intacta. El perfil de este “pato” se distingue precisamente por su visión artística: en su obra manifiesta pasión por el detalle, por el micro espacio y por aquellos organismos y formas que, aunque diminutos, poseen la misma complejidad que aquello visible a simple vista. Su trabajo vuelve perceptible lo que normalmente pasa desapercibido. La representación de los sueños, los paisajes llenos de color o en tonos grises, siempre dando cuenta de los paisajes no muy usuales de México
Miguel Ángel Ortiz Bonilla es el nombre de ese “pato”. Desconozco el origen de su sobrenombre. Artista gráfico, promotor cultural y académico de la Universidad Iberoamericana en Baja California, mi primer acercamiento con su obra ocurrió en 1996, durante mi servicio social en el entonces Instituto Zacatecano de Cultura, etapa previa a mi titulación universitaria. En aquel momento, Ortiz Bonilla preparaba una exposición para el festival cultural de ese año. Desde el primer contacto, su trabajo impactó profundamente mis sentidos. Yo era apenas un espectador sin conocimientos técnicos sobre arte: desconocía procesos, materiales y herramientas de apreciación artística. Sin embargo, había algo en aquellas piezas que lograba conmoverme.
Los años de preparatoria —en la 9 de la Universidad Nacional Autónoma de México— tuve algunos primeros acercamientos al arte. Visité museos, observé murales de Diego Rivera y José Clemente Orozco, y recorrí edificios históricos donde esas obras parecían dialogar con quien las contemplaba. Todo aquello fue una revelación. No conocía los procesos creativos ni imaginaba que algún día podría convivir con artistas. Durante el servicio social, la maestra Alma Rita Díaz —entonces responsable de comunicación social— orientó mis primeros pasos en el ámbito cultural. Mujer culta y disciplinada, me encomendó observar el trabajo de varios artistas, entre ellos Armando Haro Márquez y Miguel Ángel Ortiz Bonilla. Su instrucción fue breve y precisa: “Observa, escucha y siente”. Las dos primeras indicaciones eran claras; la última me parecía entonces un misterio.
Al trabajar en la Presidencia Municipal de Zacatecas, institución en la que aún colaboro. Fui asignado al Departamento de Cultura, un espacio con recursos limitados, pero con grandes exigencias. En esa administración resultó electa Magdalena Núñez. Recuerdo que, en una visita al pequeño departamento, comentó: “Vendrá otra persona a este lugar”. Pensé entonces que tendría que marcharme, aunque finalmente no fue así.
Tiempo después surgió la posibilidad de desarrollar un proyecto que había imaginado desde hacía meses: dar voz a jóvenes grafiteros y tratar de canalizar creativamente parte del problema urbano en el centro histórico. Al inicio la propuesta no fue bien recibida; sin embargo, Ortiz Bonilla ayudó decisivamente a consolidarla. Con paciencia enseñaba técnicas de dibujo, composición y uso del color. Se organizaron festivales en instalaciones del INJUDEZ, donde se ofrecían bardas, pintura y música para que los jóvenes pudieran expresarse libremente. Aquellos trabajos no habrían llegado a buen puerto sin la mano del “pato”.
¿Y el Conejo?
Antes de concluir aquella administración, Ortiz Bonilla trabajaba en una instalación monumental: El Ombligo de la Luna. La obra fue montada en el antiguo Templo de San Agustín. En la cúpula central aparecía una luna con un conejo, clara referencia simbólica a México y a su identidad cultural. Durante días enteros, el maestro trabajó acompañado de jóvenes colaboradores, de su amigo Fede —constructor de profesión— y, ocasionalmente, del Doctor Esquivel Marín. Poco a poco el rompecabezas visual iba tomando forma.
Recuerdo una de aquellas noches. Yo acababa de comprar un discman y escuchaba el disco compacto, This Is the Sea (1985), del grupo escocés The Waterboys. La instalación de la luna y el conejo estaba prácticamente terminada. Me situé en medio de la nave de San Agustín mientras sonaban los primeros acordes de The Whole of the Moon:
“You saw the crescent, I saw the whole of the moon…”
Por un instante creí que la obra dialogaba con la música. Concentrado en aquella escena, el maestro Ortiz Bonilla se acercó. Sin pensar demasiado, solo dije: “Conejo”. Yo quería expresar otra cosa, pero entre la sorpresa y la admiración parecía que le hablaba directamente a él, sonrió y respondió: “No soy conejo, soy pato”. Sin querer, había creado un sobrenombre accidental.
Tal vez ahí comprendí con claridad la imagen de Wittgenstein: una figura puede contener varios significados al mismo tiempo. Todo depende de la perspectiva y de los conceptos con los que observamos el mundo. Yo veía un conejo; él escuchaba mal un apodo. Ortiz Bonilla, que entre sus amistades era conocido como “Pato”, en aquel instante se convirtió para mí en “Conejo”. Y digo “aquel instante” porque nunca más volví a llamarlo de ninguna de las dos maneras.
Reconocer las expresiones artísticas de Miguel Ángel a lo largo de más de treinta años es también recorrer una parte importante de la historia de las artes plásticas en Zacatecas. He sido testigo de cómo muchos de sus proyectos nacen, evolucionan y culminan. Hoy, al cumplir treinta y cinco años de trayectoria, prepara una nueva exposición con una intención clara: acercar el arte a las personas. Retomo entonces las palabras de Alma Rita: observar, escuchar y sentir.
Quienes se dedican a teorizar o reseñar arte harán su labor; pero el espectador común —sin importar edad, oficio o formación— puede entrar a esta exposición desde otro lugar: el de la experiencia sensible. Mirar la obra como quien contempla un instante de vida. Quizá usted prefiera la invitación del “Pato”: el amigo de barrio, el hombre que convivió entre calles de Fresnillo y Zacatecas, que compartió tardes con sus amistades y convirtió la experiencia cotidiana en creación artística. Posiblemente prefiera seguir al “Conejo”: el que entiende el vínculo con la tierra, con el microcosmos y con la diversidad biológica y humana del país; el artista que vuelve visibles las pequeñas cosas que la rutina suele ignorar; el que reconoce en “el ombligo de la luna” una metáfora de México y de sus múltiples identidades.
En cualquiera de los casos, pato o conejo son la misma persona vista desde distintas perspectivas. La obra de Miguel Ángel Ortiz Bonilla puede contemplarse desde lo apolíneo —orden, razón, medida y belleza— o desde lo dionisíaco —pasión, instinto, caos y vitalidad—. Sus piezas no emiten sonido y, sin embargo, parecen contenerlo: el eco de la naturaleza, de los sueños, de la memoria y de los colores intensos que habitan cada trazo. Elija usted la mirada desde la cual desea acercarse a su obra. Pato o conejo, ambos conducen al mismo artista.
Adrián Maya Márquez
Mayo de 2026
[1]Wittgenstein Ludwing. Investigaciones Filosofícas. UNAM. Instituto de investigaciones filosófica. Edit Critica/Grijalbo. Barcelona, España. 1988

Guerrillero muerto. 1994
Óleo sobre triplay.
70x56cm
Colección Particular

Ruth. 1992
Óleo sobre aglomerado.
62x62cm.
Colección Particular

Julian. 1992
Óleo sobre aglomerado.
62x62cm.
Colección Particular

Materia espiritual. 1990
Óleo sobre tela sobre aglomerado.
60x50cm
Colección Particular

David Monreal Ávila
GOBERNADOR
INSTITUTO ZACATECANO DE CULTURA RAMÓN LÓPEZ VELARDE
Ma. de Jesús Muñoz Reyes
DIRECTORA GENERAL
Manuel de Jesús Palacios Mata
COORDINADOR ADMINISTRATIVO
Carlos Guillermo Salinas Flores
SECRETARIO TÉCNICO
Jesús Manuel Meza Montalvo
DIRECTOR DEL CENTRO CULTURAL CIUDADELA DEL ARTE
CENTRO CULTURAL CIUDADELA DEL ARTE
Víctor Manuel Colunga
Erika Lizbet Lechuga Alamillo




Comentarios